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Cerrándonos al diálogo con otros pensamientos estamos haciendo el trabajo del sistema

Esta semana pasada he tenido varios conflictos por mis publicaciones.

Primero me echaron de un grupo de facebook sin explicaciones, cuando indagué me dijeron que puede que haya molestado mi entrada de Como descubrí la libertad en la disciplina, y tanto que se me vetó totalmente de este grupo y borraron mis publicaciones.

Segundo, varias personas se resintieron porque en la entrada Soy de izquierdas, ¿o no? he usado la palabra izquierda, cuando ellos no se identifican con esta palabra. Con alguno esto ha llevado a intercambios interesantes, y después de explicarles cómo la uso han podido entender que la necesito y que no tengo otro término mejor. Pero una persona se encabezonó en que izquierda solo, y solo, puede significar grupos que se organizan en partidos para llegar al poder, y por ello gente antirrevolucionaria, y por esto si la uso soy parte del enemigo. Se cerraba a cualquier intento de diálogo y me seguía atacando.

Estos conflictos me han recordado cuánto nos cuesta dialogar con los que piensan diferente a nosotras. Ya he entrado varias veces a este tema, las dos entradas más importantes han sido Ni hables con ellos y Nos dividimos y por esto estamos vencidos. Los hechos de esta semana me obligan a darle otra vuelta.

En las izquierdas hablamos mucho de revolución y transformación social, en teoría nuestra meta debería ser luchar por un mundo en el que nos guíen la justicia, la paz, el bien común… como valores fundamentales en la sociedad. La realidad es que la gran mayoría de nuestros colectivos no logra avanzar hacia estos objetivos, muchas veces incluso dentro de nuestros círculos abundan maltratos y opresiones. Nos hemos vuelto en lugares donde los que donde se refugian los descontentos con el sistema sin realmente creer que se pueda luchar contra él, sin realmente intentarlo. Las causas de esto son múltiples y complejas, este blog entero está dedicado a la investigación sobre ellas.

Ahora, un problema fundamental es nuestra incapacidad de dialogar y colaborar con personas que piensan de otra manera que nosotras. Nos identificamos con nuestras ideas, creamos una identidad grupal y luego la defendemos a capa y espada. Muchas veces con las mismas actitudes fanáticas y fundamentalistas que reprochamos a las derechas. Un ejemplo de ello fueron los hechos sucedidos a esta semana. ¿De qué sirve hablar de libertad y anarquía si lo único que acepto es mi definición de libertad y anarquía? ¿Y en cuanto tú tienes otra te ataco e intento imponerte mi manera de ver las cosas? ¿O te veto y anulo todo lo que dices sin dar explicaciones? Esto es un comportamiento violento y dictatorial, opuesto a todos los valores de respeto y libertad.

Y aparte, estratégicamente es mortal. Porque todo movimiento que ha conseguido realmente enfrentarse al poder lo ha hecho a base de unión entre personas de pensamientos muy distintos que consiguieron unirse en una causa concreta. Y actitudes como las que he encontrado esta semana, que solo permiten trabajar con los que piensan igual que nosotras, hacen esta unión en la diferencia imposible. Y así no hay lucha posible. Cómo dije hace poco: Nos dividimos y por esto estamos vencidos.

Pero, ¿cómo se hace esto de trabajar en la diversidad?

Primero hay que aceptar que el otro tiene sus razones. No digo que tenga razón ni él ni que la tenga yo, sino que cada uno tiene sus razones, tiene su mirada de la realidad que viene de toda una vida de experiencias, diálogos, formaciones… Lo que uno cree es verdad para él, es una parte del elefante sobre el que discuten los ciegos. Y en primer lugar, si quiero trabajar desde el respeto, hay que aceptar esto en el otro, tengo que aceptar que las razones del otro son válidas desde su punto de vista. Y más: que probablemente tiene una parte de la verdad que ignoro, que yo puedo aprender tanto de él como él de mí, que nos acercaremos más a la verdad si sumamos nuestros diferentes puntos de vista en vez de enfrentarlos. Nadie tiene toda la verdad, todas y todos tenemos unas partes de ella y nos falta el resto. Aceptar esto implica un cambio de actitud, obliga a una actitud abierta, en la que reduzco la crítica, en la que estoy dispuesta a escuchar tus razones y aprender de ellas, aprovechar nuestras diferencias para ampliar mi mirada, para comprender mejor esta realidad.

Segundo, en este diálogo respetuoso entre diferentes llegamos a descubrir cosas que tenemos en común, problemas, deseos, principios… Y desde este común podemos colaborar, con un proyecto bien definido y objetivos claros. No importa de qué ideología seamos si se trata de impedir el último proyecto neoliberal, no importa de qué religión seamos, si estamos de acuerdo en que las personas no deben ser asesinadas, podemos colaborar en la lucha contra los muertes en el mediterráneo, no importa que palabras usa el otro, lo que importa es la intención y los principios que hay detrás. Las palabras no son más que constructos sociales y el contenido de ellos viene determinado por el recorrido te tu socialización. Lo que importa es que en un colectivo de lucha haya un acuerdo real en los objetivos, las intenciones y principios. Entonces este colectivo puede lograr lo imposible. Si no lo hay está destinado al fracaso desde el primer día.

Y por esto toda actitud que se cierra al diálogo con opiniones diferentes es un obstáculo para cualquier proceso transformador o revolucionario. No es porque tus argumentos no sean ciertos, es porque la manera en la que los usas hace crecer el muro entre tú y los demás, está ayudando a que cada vez nos dividamos más. Y con esto estás haciendo el trabajo del sistema, estás reforzando el capitalismo – aunque tu discurso declare lo opuesto.

Ahora la pregunta es: ¿Qué es lo que realmente quieres hacer? ¿Defender tu refugio de inadaptados o salir al mundo y transformarlo?

Si es lo segundo, tienes que aprender a respetar al otro en su condición, y no solo hablo de diversidad sexual, hablo de diversidad de pensamiento y religión. Si no, no hay unión posible, y sin unión no hay lucha posible.

***

Aprovecho esta ocasión para mencionar que los hechos de esta semana me han recordado lo precario que es promover artículos por facebook. Basta que disgustes a uno o dos lo suficiente para que empiecen a denunciarte, o basta con pisarle a facebook de otra manera, para que te hagan invisible. Si os gusta mi trabajo os recomiendo mucho que os apuntéis a recibir las entradas del blog directamente al correo, el botón para esto está a la derecha. También es posible apuntarse a mi lista de difusión por whassapp mandándome tu teléfono por el formulario de contacto. Si no lo haces es probable que tarde o temprano te dejen de llegar los avisos de entradas nuevas.

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