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Desacuerdos soterrados que dañan a nuestras luchas

En mis reflexiones sobre la libertad diferencié entre dos conceptos de libertad que en los ambientes de izquierdas suelen funcionar de manera cruzada: Trabajar la libertad desde mi derecho a hacer lo que me apetece o hacerlo desde una concepción que une la libertad con la responsabilidad.

Estoy convencida de que estas dos maneras de comprender la libertad nos llevan a caminos incompatibles, aunque en los ambientes de activismo solemos mezclarlos. Solemos usar la palabra libertad sin habernos puesto de acuerdo sobre su significado, sin definición común. Y esto lleva a que dentro de un colectivo, aunque todos y todas hablen en su nombre, haya personas que estén pensando en cosas muy distintas. Las consecuencias negativas de este desacuerdo soterrado son muchas. La más obvia, conflictos en las reuniones.

Y mientras que no reflexionemos sobre ello a nivel colectivo, mientras que no generemos un concepto común del termino, este desacuerdo soterrado hace daño al proceso de lucha. Primero, porque no logramos solucionar los desacuerdos que nacen de esta confusión y, en el intento de mantener la paz, buscamos maneras de dar cabida a las diferentes posiciones como sea, cayendo así en una práctica contradictoria, por ejemplo, haciendo una acción en la que se habla de la libertad común, pero se organiza según lo que nos apetece, justificado eso en la idea de que estamos ejercitando nuestra libertad de hacer lo que queremos.

Así que muchas acciones nacen de nuestras apetencias personales. Organizamos fiestas porque a nosotros nos gustan las fiestas, no porque es lo más adecuado para la lucha, o pintadas, o un cineforum… Hablamos sobre lo que a nosotros nos apetece, sin preguntarnos si es lo más importante o urgente. Leemos con el mismo criterio. Estamos cuando a nosotros nos apetece, y dejamos de estar cuando nos deja de apetecer, a menudo sin tener en cuenta si este ritmo es el que conviene a la causa común. Buscamos hacer acciones que acoplen el deseo de todos los que nos rodean, sin tener en cuenta si esto es coherente o realista.

Las acciones, las luchas que preparamos así, ¿hasta qué punto responden a las necesidades reales? ¿Hasta qué punto llevan a la práctica lo que defiende el manifiesto? ¿Hasta qué punto permite al colectivo funcionar de una manera que le posibilite aguantar las presiones inherentes a un proceso de lucha? Para todas estas preguntas la respuesta es: Hasta un punto muy por debajo de lo necesario.

Si queremos que nuestras acciones tengan impacto en la realidad, que realmente nos permitan generar cambios en la sociedad, hace falta otra manera de organizarnos. Una manera que nos permita diálogos verdaderos, no solo intercambios de opiniones sin comprensión real del otro, diálogos que nos lleven a los temas de fondo, a generar un criterio común de fondo. Necesitamos una manera de organizarnos que nos permita llegar a acuerdos profundos, acuerdos sobre los que construir una unión real, una unión lo suficientemente fuerte para aguantar la tensión de la lucha. Necesitamos una manera de organizarnos que nos lleve a una acción liberadora, no solo a declarar la liberación.

Y una clave para esto es discernir las palabras de fondo, las que hacen parecer que estamos en lo mismo cuando no lo estamos, las que suenan bonito en todo manifiesto, pero que según su uso se pueden referir a algo liberador o justo a su contrario. Palabras como libertad, justicia, paz, como democracia, derechos, igualdad…

¿Cómo las definimos? ¿En qué paradigma nos posicionamos con esta definición? ¿Hacerlo así nos permite crecer en libertad? ¿Y cómo tratamos con aquellos que se posicionan en otra definición?

Muchas preguntas a las que ir respondiendo. A seguir buscando.

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