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Ser demasiado abiertos nos vuelve excluyentes

En la entrada “¿Cómo controlar a los egocentrismos en la asamblea?” hablo de como la gente que no quiere luchar de verdad se va que cuando empiezas a trabajar bien, es decir planteas un proyecto con la seriedad necesaria para que funcione. Como lo expreso ahí se puede interpretar como una afirmación rotunda y fría, como si quisiera quedarme solo con ‘los que valen’ y hacer que el resto se vaya. De hecho algún lector parece haberlo interpretado así.

Pero no es esto a lo que me refiero en el texto. No afirmo esto porque haya personas de los que no quiera o desea que estén, al revés, creo firmemente que cualquier proyecto de lucha debe ser planteada de una manera que valga para la máxima cantidad de personas posible. Y paradójicamente la experiencia me ha demostrado que para generar esto necesitas un grupo núcleo fuerte y unido, algo imposible si permitimos entrar a cualquiera.

Llevo tanto tiempo observando las puertas giratorias en las asambleas, observando cuanto daño causan, que ya estoy convencida de que así no vamos a ningún lado. He visto a compañeros entregarse con todo y de repente –por tener hijos, llegar a cierta edad o conseguir un trabajo– abandonar, cambiar de vida totalmente. Les he visto transformarse de luchador en pequeño burgués en solo unos meses. He visto compañeras hablar de libertad y respeto, pero incapaces de respetar a alguien de otra mentalidad. He visto a compañeros hacer grandes planes y poner objetivos lejanos, pero incapaces de la perseverancia necesaria para acercar la realidad a estos objetivos. He visto, he visto y he visto asambleas ser destruidas por egocentrismos, por abandonos, por falta de moderación… he visto tanta promesa falsa que ya no creo hasta que alguien me muestra con acciones que está aquí con nosotras. Porque ahí, en lo que hacemos, en las decisiones concretas se ven los valores verdaderos de una persona. ¿Luchadora o materialista? ¿La libertad de todos o solo la propia? ¿Entregado o oportunista? He visto demasiadas personas que estaban en ambientes ‘emancipatorios’ sin realmente estar dispuestos a luchar, personas con discursos revolucionarios en la boca cuya práctica vital fue todo menos esto, he sufrido demasiadas promesas rotas para estar dispuesta a trabajar con cualquiera.

Después de probarlo años, de probar y probar, después de romperme y ser rota, he entendido que así no. Aceptando a cualquiera en cualquier punto del proceso paradójicamente nos vuelve más excluyentes, porque los abandonos y conflictos que genera espanta a más personas de las que incluye esta apertura. Haciendo cualquier cosa, la que decidimos en este momento porque es la que nos sale, terminamos sin ver avance ninguno y esto es demoledor. Con los años he tenido que aceptar que por querer ser abiertos y horizontales hemos llegado a un punto de desorden en el que se ha vuelto imposible luchar.

Por esto digo: Hay que trabajar bien, con método, hablar con acciones, poner en el centro la causa. Quién quiere se queda, quién no se irá.

Esto sí, si los que se quedan ponen la causa en el centro, si ponen primero las necesidad de lucha, de generar un común, van a necesitar a muchos, necesitan integrar gente nueva y también necesitan recuperar a los que se van. Necesitan que vuelvan, pero con una implicación de verdad.

Y ahí están las grandes preguntas: ¿Cómo hacer que crezcamos? ¿Integrar gente nueva? ¿Cómo hacer que se queden? ¿Y cómo educar la voluntad?

Estoy convencida que las respuestas a estas pregunta son clave para aprender a transformar la realidad.

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